por Fabricio Guamán
Como nos decía uno de esos viejos que uno nunca sabe que edad tiene: “En este país todos sueñan, ya llegó la hora de despertar…”
©Jose Proaño
Yo nací en 1975. En 1990 tenía quince años y en 1992, diecisiete, edades de las cuales uno poco quiere recordar. Ahora con 35 años, doy la vida por no perder la memoria.
Mi sangre es indígena. Pertenezco a esa gente que “les han arrancado la tierra, les han negado la palabra, les han prohibido la memoria”. De esa gente que “calla o habla de callada manera“.
Desde pequeño fui aprendiendo y viviendo que: “está el mundo sometido a una vasta dictadura invisible. En ella, la injusticia no existe. La pobreza, pongamos por caso, que a tantos atormenta y que tanto se multiplica, no es un resultado de la injusticia, sino el justo castigo que la ineficiencia merece. Y si la injusticia no existe, la pasión de justicia se condena como terrorismo o se descalifica como mera nostalgia”. Mis padres y abuelos fueron castigados por recorrer esos caminos.
Y también iba entendiendo en las calles que “los gobiernos están gobernados por un puñado de piratas, elegidos en ninguna elección. Ellos deciden la suerte de la humanidad y le dictan el código moral. En vez de un gancho, tienen en el puño una computadora, y al hombro llevan un tecnócrata en lugar de un papagayo. Ellos dominan los siete mares de las altas finanzas y del comercio internacional, donde navegan los que especulan y se ahogan los que producen. Desde allí, distribuyen el hambre y la indigestión en escala mundial, y en escala mundial manejan a los mandones y vigilan a los mandados. La televisión, que trasmite sus órdenes, llama paz mundial o equilibrio internacional a la resignación universal”
Pero fui creciendo junto a esa gente que “expresa una pasión de justicia y una vocación solidaria que desafían al todopoderoso sistema que impunemente se ha apoderado del planeta entero”
Y así, junto a mis abuelos y abuelas fui caminando estos caminos que ahora desembocan en la rebeldía. “Largo tiempo callaron mis abuelos y abuelas. Ellos y ellas pertenecen a una cultura de la paciencia, que sabe esperar”. Y seguimos esperando, ahora yo con mi hijo de tres años.
“Al fin y al cabo, cinco siglos de horror no han sido capaces de exterminar a las comunidades, ni a su milenaria manera de trabajar y vivir en solidaridad humana y en comunión con la naturaleza”.
Y a donde iba, en mi caminar, nos han “abierto su casa los olvidados de la tierra. Tenían que ser los más generosos, estos que son los más pobres entre los pobres de toda pobrecía”.
Y en este caminar descubrí la selva. Fui aprendiendo en esta selva. Fui creciendo rodeada de ella. Y fui entendiendo que “la niebla es el pasamontañas que usa la selva. Así ella oculta a sus hijos perseguidos. De la niebla salen, a la niebla vuelven”.
Y yo sigo creciendo junto a ella y junto a mis abuelos y mis abuelas. Son más de quinientos años que sigo creciendo y sigo aprendiendo. No me queda más que caminar y seguir las huellas de esos que eligieron hacer de este mundo un lugar para todos y todas. “Cuanto más fuerte resuena su voz en el mundo, menos impunidad tiene el poder”.
Y como decía mi abuelo, personaje que nunca llegaré a entender, “cada cual tiene el tamaño del enemigo que elige”.
Y ahora mas que nunca sigo creyendo, y espero que mi hijo lo siga, “que nos negamos a creer que la ley del mercado es la ley de la naturaleza humana”.
Y entre nosotros, los de abajo y a la izquierda, sabemos que “la condición humana tiene una porfiada tendencia a la mala conducta. Donde menos se espera, salta la rebelión y ocurre la dignidad”.
Desde el pie de monte andino
Fabricio Guamán
16 de julio 2010
Pd. Un agradecimiento enorme a ese escritor uruguayo que hizo que nuestras venas se desangren y corran por ellas rebeldía y dignidad.